Candragar: “Trilogía del Cronos – Libro I – Capítulo II”

II

Mallorie observa la oficina a su alrededor, diseñada cuidadosamente para proyectar autoridad, sofisticación y misterio.

Las paredes, de un blanco perlado, están adornadas con tapices tejidos en hilos de oro y plata que representan momentos clave de la historia del Trilaqua, brillando tenuemente bajo la luz suave y cálida de lámparas en forma de antorchas antiguas.

Cada tapiz detalla símbolos egipcios, sumerios y mesopotámicos, cuidadosamente integrados, revelando secretos sobre la unión entre el cosmos y la humanidad.

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Jeroglíficos sutiles, entretejidos con precisión, narran historias ancestrales de sabiduría, poder y equilibrio.

El centro de atención es su escritorio de cuarzo rosa finamente tallado, irradiando una energía sutil de calma y control emocional.

El escritorio presenta tallas delicadas que reproducen patrones celestiales y constelaciones, evidenciando una conexión profunda con fuerzas universales ocultas.

Encima reposan diversos objetos meticulosamente organizados: una esfera holográfica de cristal que despliega continuamente múltiples líneas temporales, capturando futuros posibles en una danza infinita; documentos ordenados con pulcritud; un teléfono de cuarzo translúcido, que emite un brillo suave cada vez que recibe una llamada; y una estatuilla dorada de Isis, simbolizando protección y guía divina.

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Un enorme ventanal en forma de arco muestra una vista panorámica del jardín interno del Colegio, donde fuentes con aguas cristalinas reflejan el cielo cambiante, otorgando una sensación de armonía entre lo interior y lo exterior.

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A un lado de la oficina, en una estantería elegante de madera oscura, reposan antiguos manuscritos y libros con tapas de cuero labrado en símbolos arcanos, resguardando conocimientos que solo unos pocos han tenido el privilegio de explorar.

Mallorie, vestida con un impecable traje rojo rubí que acentúa su autoridad, permanece detrás del escritorio, tocando distraídamente los pendientes de oro que brillan sutilmente contra su cabello rubio, corto y ondulado.

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– Señora Directora… – sentencia Ana respetuosamente, como si estuviese frente a una figura importante, sacándola de su distracción, ella continúa.

– Sí, Ana – responde Mallorie, sin levantar la vista mientras ordena papeles, aparentando estar buscando algo con suma atención.

– La señora Michelle solicita verla apenas tenga tiempo.

– Llámala y dile que tengo unos minutos antes de irme al Congreso… – dice Mallorie deteniendo brevemente sus movimientos, al no dar con lo que busca. Amablemente, pregunta: —… dejé un sobre confidencial en la Bóveda de Seguridad, ¿lo has visto? — concluye con tono inquisitivo.

Ana niega confundida. Todos los sobres confidenciales guardados en la Bóveda no pueden ser accedidos por personal administrativo, solo por personal con al menos dos grados de mando superior al suyo.

— Me refiero al codificador holográfico que estaba en un sobre transparente – aclara Mallorie, suspirando ligeramente con preocupación —. Creo haberlo dejado conectado, pero no lo encuentro. No te preocupes demasiado, pero si lo ves, es Confidencial y lo necesito.

Ana asiente rápidamente, vuelve a su lugar y toma el teléfono. Michelle responde agradecida e intenta arribar lo más pronto posible.

Mallorie sigue acomodando objetos pequeños sobre su escritorio, tocando nerviosamente los pendientes que brillan discretamente junto a su rostro enmarcado por su cabello rubio corto y ondulado. Michelle entra con decisión.

Es elegante, de cabello oscuro cuidadosamente recogido, vestida con un traje beige sobrio, reflejando seriedad y profesionalismo. Su expresión es una mezcla de preocupación y determinación.

– Mallorie, disculpa que interrumpa tus labores. Tengo algo importante que comentarte sobre la chica Delaunoy, pero preferí no hacerlo frente a ella.

– No te preocupes, Michelle, no estoy apurada – sentencia Mallorie, aparentando calma y ofreciendo una taza de té para ocultar su previa inquietud. Michelle rechaza educadamente.

– Se nos adelantaron de nuevo, Mallorie. Sabían exactamente que iría a buscarla. Si hubiesen llegado antes, no podríamos haber entrado en esa línea temporal.

– ¿Estás segura de lo que hablas? – Mallorie pregunta, cambiando radicalmente su expresión y mostrando un genuino interés.

– Vi el portal con mis propios ojos. Alguien está informando a nuestras espaldas. Tenemos un topo aquí dentro…

Mallorie se pone rígida al escuchar estas palabras. Su mandíbula se eleva levemente, adoptando una expresión desafiante, aunque mantiene la calma en su voz:

– Recuerdo que la última vez que hablamos esto, todo quedó muy claro.

– A mí no me pareció así – responde Michelle apasionadamente –. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras cada misión que realizo los últimos tres meses ha sido comprometida. Mi prioridad es proteger a Camille Delaunoy, la última terrana, y ahora he visto sombras que podrían ser foguettianas, lo que no tiene sentido alguno.

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– No seas ridícula, Michelle – responde Mallorie tajante –. ¿Cómo puedes siquiera pensar que alguien del Colegio nos traiciona?

– Porque la información filtrada proviene de aquí, Mallorie. Es evidente y no entiendo por qué te resistes a aceptarlo. Las pruebas están frente a ti, solo falta que decidas tomar cartas en el asunto.

Mallorie, adoptando una sonrisa irónica y desdeñosa, se levanta lentamente del escritorio:

– Tengo otra pregunta para ti, Michelle: ¿Por qué no te ocupas de tus propios asuntos y me dejas ocuparme de los míos? Últimamente te has empeñado en interferir en materias que claramente no te corresponden.

Michelle, resignada, también se pone de pie, pero antes de salir, afirma con serenidad:

– Tus amenazas vacías no me intimidan. No descansaré hasta encontrar al culpable de todo esto. Y cuando lo encuentre, ya no tendrán razón para defenderte como Directora.

– Adiós, Michelle.

Michelle da media vuelta y sale cerrando suavemente la puerta. Mallorie, inquieta, cierra la puerta desde su escritorio y recoge rápidamente una carpeta amarilla que había leído en presencia de Camille. Colocándola bajo su brazo, se acerca a una pared a su derecha, abre discretamente un portal y abandona la oficina rumbo al Congreso, asegurándose de no levantar sospechas sobre sus verdaderas intenciones.

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