Candragar: “Trilogía del Cronos – Libro I – Capítulo IV”

IV

Mallorie, la Directora, arriba a un espacio que, a simple vista, podría catalogarse como una cueva rústica. Sin embargo, solo basta dar unos pasos para descubrir que sus paredes han sido cuidadosamente reforzadas con poderosas estructuras metálicas, dándole un aire a instalación militar o laboratorio secreto en algún recoveco inhóspito de la Antártica. Aun siendo un recinto subterráneo y reducido, la oscuridad no es protagonista: grandes rocas de cristal, incrustadas de forma circular y casi perfecta en la roca viva, irradian un tenue brillo azulado que hace las veces de iluminación natural.

El aire está cargado de un ligero zumbido, como electricidad estática que se acumula en el ambiente.

Mallorie se detiene sobre una plataforma de metal, la cual responde de inmediato a su presencia. La estructura se cubre con un domo de vidrio y, en un costado, emerge un teclado holográfico repleto de números, letras y símbolos que flotan en el aire con un resplandor etéreo. Con precisión y sin titubear, la mujer introduce un código complejo. Tan pronto confirma su destino, la plataforma se eleva y se desplaza, emulando un ascensor: primero un giro hacia la izquierda, luego un ascenso de cinco niveles, y finalmente, al alcanzar cierta altura, toda la estructura desaparece en un suspiro de partículas azules, como si se hubiera esfumado de la realidad.

Por un instante, todo titila en su campo visual hasta que las paredes de cristal se difuminan, revelando una segunda habitación muy distinta del pasaje subterráneo. Se trata de una oficina moderadamente amplia, con un escritorio de madera de Canelo al centro. El aroma dulce y penetrante de la madera le otorga un carácter especial al lugar, enmarcado por libreros oscuros y discretos aparatos de alta tecnología. La luz es más cálida y suavemente dorada, contrastando con el azul glacial de la cueva.

La plataforma se integra a la estancia como si siempre hubiese sido parte de ella, y enseguida el teclado holográfico expulsa una tarjeta de cristal, la cual Mallorie atrapa con destreza. El ascensor de cristal se desvanece en una efímera neblina de polvo luminoso que se pierde en el aire. Con la tarjeta en mano, la mujer lanza una ojeada ansiosa al reloj de pared —un ejemplar de estilo antiguo, con números romanos— que pende junto a una ventana cerrada.

La prisa se refleja en sus facciones; se acerca a la puerta con cautela y la abre apenas para cerciorarse de que el pasillo adyacente esté completamente desocupado.

Entonces vuelve a internarse con paso firme en la oficina. Se aproxima al escritorio de Canelo y, con cuidado, abre el tercer cajón. Busca con familiaridad, como si viniera haciéndolo desde hace tiempo. Bajo una pila de papeles, localiza unos documentos precisos y los inserta en una carpeta amarilla que llevaba bajo el brazo. Sea lo que sea que necesite, lo tiene al fin.

Sale por la misma puerta con la que verificó la seguridad del entorno y camina ahora con semblante tranquilo por un corredor que desemboca en un pequeño vestíbulo. Más allá, sorprendentemente, se encuentra en plena Manhattan: la ventana frontal revela el bullicio y las luces nocturnas de la ciudad. Este edificio podría pasar por uno de tantos en el corazón de la urbe, pero quién imaginaría que detrás de una puerta interior se esconde un acceso a lo que aparenta ser la oficina personal de Robert Wolff.

Al llegar a la recepción, Mallorie se dirige con cortesía a la secretaria, que la saluda con el acostumbrado formalismo.

Sin perder su sonrisa, Mallorie le comenta que “el señor Dawson la espera”. La joven le indica con un ademán la oficina correspondiente, cuyo acceso permanece entreabierto. Un haz de luz gris se filtra por la rendija; tras la puerta, se oye una voz masculina:

—Pasa, Mallorie…
—…y cierra bien —añade con una urgencia velada.

Entrar en esa estancia es como atravesar otro mundo.

Las paredes visten un color marfil tenue y la vista principal se orienta hacia un gran ventanal que regala una panorámica espléndida de Nueva York, repleta de rascacielos iluminados bajo la noche perpetua.

Al centro de la oficina, un escritorio macizo preside la sala: es de roble, con un acabado brillante y pulcro. Su dueño, Thomas Dawson, se yergue con porte elegante detrás de él.

Mallorie obedece la indicación de cerrar la puerta y, en un movimiento ágil, deposita la carpeta amarilla sobre la superficie pulida:

—Aquí tienes lo que me pediste, Thomas… —resalta con un dejo irónico—. Asegúrate de que no se te escape.

Él la mira con una mueca ambigua, mezcla de sarcasmo y hastío:

—Siempre tan irónica, Mallorie. Ya sabes que, un día, esa actitud podría jugarte en contra.

Ella no reacciona con sorpresa, tan solo frunce ligeramente el ceño y responde:

—Lo último que haré por ti es esto… —golpetea la carpeta con los dedos—. No más encargos. Wolff tiene a su hija metida en todas partes, y la chica Delaunoy acaba de llegar al Colegio. Tengo demasiada presión sobre mí, así que mis trabajos concluyen ahora.

Se sienta frente a él, midiendo cada gesto de Dawson, que intenta no perder la compostura. Cuando contesta, su tono es severo:

—Mallorie, Mallorie… no seas necia. Conocías las implicancias de ingresar a la División y sabes que no hay salida sencilla. Ni tu padre logró retirarse. ¿Te recuerdo lo que pasó con Marta? —Dawson se pone en pie y camina hasta la ventana, contemplando la sucesión de edificios en la noche neoyorquina.

Mencionar a Marta despierta un escalofrío inmediato en Mallorie: un dolor punzante recorre su piel, como si agujas invisibles la clavaran. Una ráfaga helada, proveniente de ninguna parte, la sacude hasta hacerla sentir un nudo en la garganta. No soporta más esa sensación y escupe con un hilo de voz:

—Para… está bien, basta —el malestar se esfuma en el acto—. No pretendo averiguar si harías lo mismo conmigo, pero no pienso arriesgarme. Te exijo que tú y los tuyos encuentren una solución rápido. Hay muchos ojos mirando y me he quedado sin coartadas.

—Que pregunten lo que quieran, Mallorie. ¿No para eso estudiaste siete años en la Escuela de Leyes Orgánicas Universales? —retruca Dawson, con un cinismo cortante.

Ella lo fulmina con la mirada:

—No seas hipócrita, Tom. No me pidas enfrentar algo que tú no has podido solventar en tres años con Wolff. —Se pone de pie con brusquedad, desmarcándose del tema—. ¿Puedo salir desde aquí?

Dawson arruga el ceño, como evaluando si es prudente continuar con la controversia sobre Wolff:

—Preferiría que no uses otro atajo. Toma el ascensor y no generes sospechas —ordena, echando un vistazo a un reloj elegante que descansa sobre el escritorio.

—¿Te importa la discreción ahora? —mallorie suelta una risa seca—. Hace cinco años te era indiferente lo que la gente opinara.

—Los tiempos cambian y debemos adaptarnos, Mallorie. Te agradeceré que me dejes trabajar. Tengo una audiencia de homicidio mañana… y mi cliente no es inocente.

—Vaya novedad: defender a quien no lo merece, tu especialidad. Tranquilo, Tom, el secretismo está a salvo: yo usé una Tranca. —extrae la tarjeta cristalina del bolsillo.

Se acerca a la pared lateral izquierda y la inserta en una ranura casi imperceptible.

Como si fuese un espejo de agua, la pared se ondula y se abre un portal.

Mallorie gira levemente el rostro para lanzar una última mirada de advertencia y se zambulle en ese vórtice azulado que la conduce fuera de la oficina de Dawson.

Cuando cruza el portal, la atmósfera cambia de inmediato: vuelve a un despacho iluminado con luz blanca, menor en tamaño y con un mobiliario sobrio. Un cuadro abstracto cuelga en la pared principal, y en el escritorio de mármol hay papeles con sellos oficiales y una pluma dorada. Mallorie palpa su oreja izquierda, notando la ausencia del pendiente que antes llevaba.

Disimulando su preocupación, se dirige al dintel de su puerta, y desde éste, exclama:

—Volví, Ana… ¿Algún recado?

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